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Deseo y aversión. La producción del sujeto en el Yoga

¿Qué tipo de sujeto es el que produce el Yoga como conjunto de prácticas relacionadas con el entorno y con nosotros mismos? ¿Cómo se hace un Yogui o una Yoguini? ¿Qué procesos mentales trabajamos en los Niyamas?

Hablamos de los Yamas y los Niyamas que nos propone Pantajalí y en concreto de uno de los Niyamas, Santosha: el contento, la plenitud. Hablamos de deseo, placer y libertad, hablamos de las Klesas, de cómo las producimos y de cómo podemos librarnos de ellas.

La práctica del Yoga debe reducir impurezas, tanto físicas como mentales. Debe desarrollar nuestra capacidad de examinarnos a nosotros mismos y debe ayudarnos a comprender que, al fin y al cabo, no somos dueños de todo lo que hacemos. (Pantajalí, Yoga Sutras)

La producción del sujeto en el Yoga o cómo se hace un yogui o una yoguini y por qué alguien querría convertirse en uno/a

El Yoga, como conjunto de técnicas, moldea a quien lo practica. Y la persona que lo practica con regularidad, se va viendo transformada de muchas maneras. Pero la práctica de las técnicas del Yoga va mucho más allá del acondicionamiento físico. La persona que practica Yoga, moldea en primer lugar su relación con el resto de seres que habitan el planeta y, lo que es aún más importante, consigo misma.

Pantajalí da tanta importancia a estas dos líneas de modelaje que le parece que las Ásanas o práctica estrictamente centrada en el cuerpo, debe venir siempre y sólo después.
Hoy vamos a hablar de una de esas modificaciones que como practicantes queremos hacer en la relación que mantenemos con nosotras mismas. Se trata de la modificación de la estructura deseo y aversión para transformarla en  “Contento”, Santosha.

¿Pero qué es Santosha?

Pantajalí nos propone el Yoga como un camino o escalera hacia nuestra propia perfección. En este camino hay ocho pasos. Yama, Niyama, Asana, Pranayama, Pratyahara, Dharana, Dhyana y Samadhi.
El primer paso es YAMA y se refiere a trabajar nuestra actitud con respecto a lo que nos rodea. Las actitudes que han de cultivarse con respecto a nuestro entorno son: Ahimsa, no violencia y consideración hacia todos los seres, en particular hacia los que están en apuros. Satya, comunicación adecuada, coherencia entre palabras, pensamientos y acciones. Asteya, o abandono de la codicia, resistir al deseo de lo que no nos pertenece. Brahmacarya, moderación. Aparigraha o capacidad de aceptar sólo lo apropiado, lo ajustado con una situación, abandono de la avaricia.
Una vez desarrollado el Yama, Pantajalí sugiere pasar al segundo escalón, el Niyama. El Niyama engloba una serie de actitudes que podemos desarrollar con respecto a nosotros mismos. Sasuca, o higiene de nuestro cuerpo y nuestro entorno. Santosha, sentirse a gusto con lo que se posee y con lo que no se posee. Tapah, eliminación de las impurezas mediante ejercicio, alimentación, sueño, etc. Svadhyaya, o estudio, revisión y evaluación de nuestro progreso. Pranidhanani, acaptación de las limitación humanas con respecto a lo insondable.
Y bien, ya hemos encontrado a Santosha, entre los Niyamas, lo que quiere decir en primer lugar que es una actitud ética, por decirlo así, o sea, que se desarrolla en la relación que mantenemos con nosotras mismas. El desarrollo del contento con lo que tengo y con lo que no tengo.
Para imaginar lo que sentiríamos si cultivamos el Santosha, pongamos estas palabras de Iyengar:
“El yogui comprende que su vida y todas sus actividades forman parte de la acción divina de la naturaleza, manifestándose y operando en forma humana. En el latido del pulso y en el ritmo de la respiración reconoce el flujo de las estaciones y el palpitar de la vida universal. Su cuerpo es el templo que alberga la Llama Divina . Opina que despreciar o negar las necesidades del cuerpo, considerándolas algo ajeno a lo divino, es también descuidar y negar la vida universal de la cual es parte integrante. Las necesidades del cuerpo son necesidades del espíritu divino que vive a través de ese cuerpo. El yogui no alza los ojos al cielo para hallar a Dios, pues sabe que él vive en su interior y se llama Antaratma el Sl-mismo Interior. Siente el reino de Dios dentro y fuera de él, y que el cielo reside en él”. (La luz del Yoga)
Es obvio que si lográsemos experimentar como reales estas palabras en nosotras, si a cada bocanada de aire sintiésemos el universo entrando en nuestro cuerpo, realmente nos sentiríamos tan satisfechas que no querríamos nada más. Esa completitud, ese cese del deseo porque ya se tiene todo lo que es deseable tener, eso es Santhosa.
Y cuál sería el estado o la relación con nosotras mismas que nos permitiría llegar a Santosha? Pues el estado de aversión o deseo. Ee efecto, sólo trabajando con ese estado de aversión y deseo en el que normalmente nos encontramos, podemos llegar a transformarlo en Santosha, contento, júbilo y plenitud.
Pero seamos cuidadosos, es muy importante el hecho de que Pantajalí coloque el Santosha del lado de las relaciones con nosotros mismos, y no del lado de los YAMA, o las relaciones con lo de fuera. Esto quiere decir que el contento de Santosha no está condicionado por lo que efectivamente se tiene o no se tiene. El contento surge de una relación con nosotras mismas que podemos desarrollar, una sensación de que no me falta nada fundamental y no me sobra nada de lo que debería deshacerme.
En este sentido, el Santosha se presenta como algo completamente diferente a un tipo de proceso mental al que estamos mucho más acostumbrados, a saber, el proceso “aversión-deseo”.

Deseo y Aversión

Conocemos bien lo que significa estar mentalmente ubicadas en esta disyunción: “o me gusta o no me gusta”, “o lo quiero o lo aborrezco” “o lo ansío o lo evito con todas mis fuerzas”. Como vemos, y a diferencia de Santosha, el proceso aversión y deseo es la relación entre nuestra mente y un objeto externo que queremos incorporar o del que nos queremos deshacer. Así, despertamos en nosotras ansiedad o miedo y angustia.
Freud nos propuso un sistema del deseo que siempre nos llevaba a la frustración, incluso cuando lográbamos el objeto del deseo, la consumación, la satisfacción. Este tipo de esquema del deseo que podemos llevar a cualquier plano de nuestra individualidad, está calcado del esquema del hambre. Cuando tenemos hambre, mucha hambre, sufrimos, estamos incómodas, molestas, irritables, sufrimos de ansiedad y no nos podemos concentrar en nada porque todos nuestros sentidos están dirigidos a encontrar el modo de satisfacer una violenta necesidad que se nos presenta con toda la fuerza de la biología. Nuestra mente se hace muy aguda y selectiva, sólo nos fijamos en los objetos para discriminar una cosa: si son comestibles o no lo son.
Es muy fácil comprender que en un estado como el que acabamos de describir, el deseo está generando una tensión de todo el organismo que sólo lograremos aliviar ofreciéndole una satisfacción. Cuando encuentre algo de comida, el organismo podrá saciar su deseo y sentir el placer de librarse del incómodo deseo que lo asediaba. Hay una especie de satisfacción en ese alivio, pero es sólo momentánea. Pronto la tensión volverá y el ciclo se reanudará, surgirá un deseo y querremos librarnos de él a través de una satisfacción parcial y precaria que nos brindará un placer frugal.
Observemos ahora lo que pasa con la aversión. El impulso de evitación de algún objeto externo es obviamente un mecanismo biológico de defensa de nuestra integridad. Apartar lo que no nos hace bien es fundamental para crecer y desarrollarnos de forma segura. Ante un peligro inminente, nuestro sistema reacciona con rechazo, miedo, ataque huída o parálisis. Al igual que ocurre con el deseo, la sensación de tener que evitar por todos los medios a nuestro alcance un peligro, es incómoda. Y, al igual que ocurre con el deseo, cuando el peligro pasa, sentimos placer. Satisfacción. Distensión. Y, al igual que ocurre con el deseo, esta satisfacción es momentánea, y pronto nuestro sistema de alerta percibirá un peligro nuevo del que de nuevo, y con suerte, saldremos ilesas, sintiendo un alivio precario y un placer frugal.

La producción de deseabilidad o indeseabilidad

Estos mecanismos biológicos de aversión y deseo van a despertarse siempre que interpretemos un objeto como peligroso o bien como deseable. Aún cuando el objeto en cuestión no apele a nuestra integridad biológica de supervivencia o hagamos una interpretación equivocada.
Por ejemplo, si interpretamos el gesto de un amigo como hostil, reaccionaremos con aversión, ataque o evitación, aún cuando el gesto de nuestro amigo responda a una preocupación suya, interna, y nada tenga que ver con nosotras. Del mismo modo, ante un objeto que interpretemos como deseable, la posesión de una propiedad, por ejemplo, despertaremos la ansiedad por incorporar el objeto aún si objetivamente, tal o cual logro nos sitúa en una escalada de nuevas incomodidades o ansiedades, como la conservación y la protección de esa propiedad que hemos adquirido.
Un gesto hostil o una propiedad a nuestro nombre no representan ni un peligro a nuestra integridad como seres vivos, ni una necesidad biológica de cuya satisfacción dependa nuestra supervivencia. Sin embargo, la violencia y la intensidad de la emoción de deseo o de aversión puede llegar a ser la misma que si se tratase de una defensa o un logro vitales.
Así, vemos que lejos de responder objetivamente, nuestro sistema de deseo y aversión, es un sistema de interpretaciones que se despierta, no directamente por las cosas sino por lo que nos decimos sobre las cosas (Epícteto). Pasamos así de la relación con lo que nos rodea, a la relación que mantenemos con nosotras mismas.
El mismo objeto que nos parece deseable, por ejemplo, unas zapatillas de moda, podría dejar de parecernos tan sugerente si nos cuentan que esas zapatillas se han producido bajo condiciones de explotación infantil. Todo depende de los valores que hayamos configurado y del criterio que tengamos para establecerlos. Un buen pedazo de carne asada puede parecernos el paraíso para nuestros sentidos o ser interpretado como el resultado de un acto de violencia salvaje y provocarnos aversión y desprecio. En ningún caso el pedazo de carne es deseable o indeseable por sí mismo, somos nosotros los que sentamos las bases interpretativas que nos llevarán a desearlo o a aborrecerlo.
La publicidad, el marketing, han tomado buena cuenta de ello y nos presentan los objetos que quieren vendernos a través de una construcción de su deseabilidad o indeseabilidad. “Huye del estrés, haz yoga” es un ejemplo de slogan en el que se nos presenta algo como indeseable para dirigirnos hacia algo construido como deseable. Pueden profundizar y contarnos todos los inconvenientes que el estrés nos reporta. Pronto quedaremos convencidos de que tal objeto es indeseable y estaremos preparados para que se nos presente la solución. Lo cierto es que ni el estrés ni el Yoga son objetivamente deseables o indeseables, y que se despierte nuestro deseo o aversión hacia ellos depende de cómo sean interpretados.
Este argumento puede llevarse a sus últimas consecuencias y podríamos comprender que una persona se dirigiese voluntariamente a un patíbulo donde van a asesinarla si interpretase que con ello va a obtener un bien mayor. Vemos muchos casos de este tipo a propósito del fervor religioso, por ejemplo.

La producción de las Klesas

Vemos que no es la cosa, sino nuestra interpretación lo que nos hace aparecer algo como deseable o indeseable. Pero esta interpretación la hacemos muy rápidamente y es muy común que nos pase desapercibida. Cuando el proceso interpretativo nos pasa desapercibido, damos por hecho que es la cosa, y no nuestro proceso, la responsable de nuestra reacción. Así, decimos “eso” me da miedo o “eso” me gusta, cuando lo correcto sería decir: “reacciono con miedo/deseo a mi propia interpretación de eso”.

Los procesos mentales son difíciles de hacer conscientes, porque son muy rápidos. Son tan rápidos que parecen inmediatos, aunque no lo sean. El Yoga nos anima a deterner estos procesos mentales interpretativos que tienen como efecto el deseo ansioso o la aversión intensa. Se llaman Klesas a las emociones violentas, ansiedad o deseo, ataque, huída o miedo. Como los procesos interpretativos son tan rápidos, Pantajalí explica que para podernos dar cuenta de un proceso mental, tenemos que prestar atención a los efectos que estos procesos tienen. Cuando nos sentimos ansiosos o acobardados, expectantes o alarmados, esa sensación nos indica que nuestra mente ha hecho un proceso interpretativo que nos ha pasado desapercibido. Darnos cuenta del proceso que ha efectuado esa Klesa, ese estado incómodo de ansiedad o de miedo que nos llama a reaccionar, es el primer paso para poder deshacerla.

Se trata de situarnos en un más acá de la reacción de deseo o aversión y observar cómo esta ha sido posible, cómo se ha construido y qué elementos hemos necesitado para obtener nuestra emoción como resultado.

Ganando libertad

Mientras que nuestras klesas nos arrastran y reaccionamos a ellas, podemos considerarnos esclavos. Lo que hagamos estará determinado por un mecanismo fuertemente arraigado en nuestro sistema biológico. La mente adoptará los esquemas biológicos del hambre y la protección y reaccionará como un animal salvaje hambriento o temeroso. No queremos desprendernos de la biología, ésta nos configura. Sin embargo, podemos activar nuestra capacidad reflexiva, nuestra capacidad de observación y darnos cuenta de que lo que parece automático, no lo es en absoluto.

Para que a un humano le aparezca un enemigo o un objeto valor que lo oriente, ese humano ha tenido que sostener todo un sistema de creencias y ordenar todo un sistema de valores. Ni el enemigo, ni el peligro ni lo deseable es neutro para nosotros.

Ha de cultivarse Santosha (contento 0 satisfacci6n plena). Una mente descontenta no puede concentrarse. EI yogui, al no sentir falta de nada , se halla satisfecho de forma natural, y esta satisfacción le procura una dicha sin par.  Es bienaventuraclo porque ha conocido la verdad y el gozo. El contento y el sosiego son estados de la mente. Las diferencias surgen entre los hombres por razón de raza, credo, riqueza y saber. Crean discordias de donde salen, consciente 0 inconscientemente, conflictos que distraen y confunden, con lo que la mente no puede alcanzar la unidireccionalidad y se ve privada de paz. Existe, por e l contrario, contento y sosiego cuando la llama del espíritu no oscila con e l viento del deseo. La práctica no persigue la paz vacía de los muertos, sino la paz de quien tiene la razón firmemente establecida en Sí. (Iyengar, La luz del Yoga)

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